NAVIDAD ENTRE LA FE Y LA ESPERANZA

 

c_300_175_16777215_00_images_NAVIDAD_DEL_POBRE.jpgA diferencia de la primera Navidad, cuando Israel vivía bajo la opresión y el mundo esperaba al Mesías liberador, vivimos tiempos en los que el mundo pretende vivir sin Dios o, a la primera sospecha de su presencia, echarlo del mundo. 

Cada Navidad es un acontecimiento entre la fe y la esperanza. La fe que quiere ver brotar signos de Dios en todo acontecimiento como en cada ser humano y la esperanza en que todavía el hombre permita la encarnación de Dios en su ser y en su realidad.

En medio de esa tensión, Dios eterno se encarna hoy en el mundo a través de su hijo amado y se hace uno de nosotros en una humanidad sacudida por una epidemia de proporciones globales.

Esta situación de una enfermedad universal ha provocado que la mirada del hombre se vuelva a su creador en busca de alguna respuesta, porque de la seguridad materialista hemos pasado a la incertidumbre existencial; de sentirnos protegidos por el desarrollo tecnológico hemos devenido en prisioneros del miedo más angustioso.

Y es aquí en donde Cristo se encarna, porque cada hombre le importa tanto a Dios que él mismo se ofrece como la mejor alternativa para ser parte de él y librarlo de la fatalidad de sus males.

A la indiferencia del hombre por la dimensión espiritual, borracho de materialidad, Dios le responde con su misericordia, con el hecho salvador de su encarnación, regalo gratuito.

Dios se hace presente en la historia humana a través de su Palabra creadora, de su Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros”, como dice Juan 1, 14.

Cristo está ya entre nosotros, en nuestro aquí y ahora, su presencia se trasluce en el amor, pero solo podemos reconocerlo si está “en nosotros”; porque a Dios solo se le conoce si se le ama de verdad. Amarlo de verdad es estar en comunión con él, permaneciendo en Él, serle fiel, obedecerlo y obrar conforme a su voluntad.

A Dios solo se le conoce en el rostro del otro, en el pobre de bienes materiales y en el pobre espiritual, se le descubre en el abandonado, en el que sufre hambre, injusticia, desamor; en el enfermo, en el desarraigado. En las victimas de la pandemia, los empobrecidos y sufrientes.

La indiferencia espiritual en el fondo es indiferencia del otro, es insensibilidad ante el sufrimiento del otro, ante el dolor ajeno. En definitiva, se está a la misma distancia de Dios que del prójimo. 

Nuestra fe y esperanza en estas navidades que se encaminan al gran acontecimiento de la Epifanía es que tengamos -y hagamos- la oportunidad de reencontrar el rostro de Dios haciéndonos hijos en su Hijo.