ASÍ CONOCÍ A MONSEÑOR FABIO MAMERTO RIVAS

c_300_175_16777215_00_images_A1.jpgAunque lo vi más de una vez de pasada en algunas actividades propias de la Pastoral Juvenil, celebradas en la ciudad capital a inicios de los turbulentos años ochenta, no fue sino hasta 1986 cuando se produjo, en dos oportunidades, mi contacto personal con monseñor Fabio Mamerto Rivas.

La primera ocasión fue durante la primavera de ese año, a raíz de una invitación que me hiciese el padre jesuita Antonio Altamira (RIP) con quien había trabado algún grado de amistad, desde que dirigiera este la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil, de la cual fui delegado en representación de la Diócesis de San Juan de la Maguana. 

El sacerdote jesuita me motivó a participar del primer taller dirigido a capacitar en el uso del léxico de la religión católica, a impartirse en la ciudad de Barahona, precisamente en la residencia de monseñor Mamerto Rivas. 

La oferta me pareció interesante por dos poderosas razones: primero que nada, me permitiría fortalecer y ampliar mi horizonte de conocimientos proporcionándome una herramienta de lingüística de corpus, de gran utilidad para convertirme en reportero de radio Enriquillo. Y en segundo lugar, podría tratar de cerca al admirable obispo de la diócesis de Barahona.            

Trasladarme hasta Barahona no supuso ningún problema, sin embargo, llegar desde el centro de la ciudad sureña hasta la casa de monseñor, enclavada en un altozano batido por la brisa marina frente al malecón, no fue posible sin sufrir un sensible retraso.

El sinsabor de la tardanza quedó subsanado con creces con el saludo campechano del obispo y la invitación a que desayunara una taza de avena caliente con pan, antes de incorporarme al grupo.  

Concluido el taller con el almuerzo, pude sostener una animada conversación de sobremesa con monseñor Mamerto. En adición a su afabilidad, tenia un aire apacible, pero firme. Era un hombre sabio, humilde, sencillo, muy bien informado. Fue impresionante escucharle hablar sobre algunas comunidades de la diócesis bajo su responsabilidad.

Rememoro, por ejemplo, su teoría de que el Yaque del sur había determinado en el pasado colonial, el nombre dado a los asentamientos humanos. En ese sentido la comunidad de Canoa se llama así porque el amplio caudal del rio era imposible de vadear en ese tramo de una ribera a la otra sin utilizar para ello una canoa. En su opinión, Fondo Negro debió llamarse en el pasado Fundo Negro y Quita Coraza, por la razón entendible de que atravesar la correntada revestido de cotas de malla y corazas metálicas, debía resultar una tarea poco menos que imposible para los colonialistas, a menos que se despojasen de la pesada indumentaria militar.    

Otro recuerdo igualmente imborrable fue un gesto del obispo Rivas con un pequeño grupo en el que me contaba yo, a finales del mes de octubre en la ciudad capital. Al finalizar uno de tantos encuentros, al vernos varados a media tarde se ofreció a llevarnos al profesor Jorge Washington Prince y a quien escribe, ya que coincidíamos en su misma ruta, cuando menos hasta el cruce 15 de Azua. Hacia de conductor el Padre Avelino Fernández.

Platicamos animadamente todo el trayecto y, al atravesar la ciudad de Baní, cuando pasábamos por el lugar donde construían la casa-monumento a Máximo Gómez en el lugar donde nació, preparando el homenaje a propósito de cumplirse el mes siguiente el 150 aniversario del nacimiento del histórico personaje, la conversación giró en torno a una bandera cubana, evidentemente nueva, que ondeaba junto a la enseña tricolor dominicana.

Monseñor Mamerto “felicitó” de manera jocosa al Padre Avelino -de nacionalidad cubana- por el detalle del emblema de su patria, a lo cual este replicó que para los exiliados cubanos si el regalo fue del gobierno de Cuba no era autentica, mientras que para el gobierno de Cuba tampoco lo era si el regalo provenía de cualquiera de los que salieron por el puerto del Mariel.        

En otro aspecto, el obispo era de la opinión de que, al dejar el héroe la sotana por la carrera de las armas en el 1855 al suscitarse la independencia dominicana, era difícil determinar si la iglesia perdió un sacerdote o Cuba ganó un libertador y Quisqueya un luchador por su causa libertaria.

Aquella vez, cuando me quedé en el cruce de Azua para esperar transbordo hasta San Juan de la Maguana, como en esta hora crucial al enterarme de su partida a la Casa del Padre,  creo que con monseñor Mamerto Rivas el mundo ganó por partida doble: un pastor ejemplar, que siempre alzó su voz por los mas necesitados, maestro en el peregrinaje de la fe, digno mensajero del Evangelio, modelo a imitar por los sacerdotes en la vivencia de la integridad en el estado religioso y a la vez un líder servicial, austero, de corazón bondadoso, cuyas obras siempre fueron muy apreciadas por el Pueblo de Dios.

Sentimos su partida, por supuesto, pero nos enorgullece que su vida fue un acto de oblación. Dios bendiga siempre a este digno trabajador a tiempo completo de su Reino, en cuyo seno hoy lo acoge y María, la Madre auxiliadora de la cual era devoto, le acompañe en su itinerario celestial.

 

Jose Danilo.-